El sacrificio del noble equino

Fue un sábado 17 de marzo, casi normal en cierto modo o como cualquier fin de semana en el hipódromo Los Comuneros, aquella tarde después de una tenue pero prolongada lluvia, dejo un incierto panorama en la pista de carreras, mientras tanto las apuestas no dejaban de subir, y los favoritos eran siempre los más murmurados.

Era el turno de la octava carrera, una competencia entre caballos mestizos, los jinetes se preparaban para entrar a las gateras, minutos después sonó el agudo timbre anunciando la ágil reacción de los binomios ante la carrera, la cual a pesar de solo ser de quinientos metros podía tener sorpresas dramáticas, esto no tardo en suceder y la competitiva línea que formaban al pasar la curva en la pista se desintegro cuando el caballo Benito después de un torpe galope, y luego de chocar con el favorito de la carrera el caballo Lucero Espiritual, se fracturó el miembro posterior, dejando así al jinete José Gallego no solo fuera de la carrera sino también fuera de si mismo, con un golpe traumático que llevaría tal vez tiempo en recuperar, pero que al menos tendría mayor suerte y pudiese seguir con vida.


Esta opción no la tuvo el noble equino, de tan solo seis años que no solo por haber sufrido una fractura había pecado el mismo, sino que se encontraba en un dilema vital donde prima los intereses de un juego y la decisión del propietario Stud Sara Mar, y del preparador Alex Roncancio que fue radical e instantánea: “sacrificar a la bestia”.

Los veterinarios del hipódromo y del propietario actuaron de inmediato suministrándole fuertes dosis de Pentobarbital Sódico en 390 miligramos, Difehilhidantoina Sódica 50 miligramos, además de Excipientes CSP 1 miligramo, aquel cóctel letal que además de tener un fuerte hedor causo un desarrollado paro al sistema nervioso y cardiaco del animal, al instante se vio desplomarse, seguido de convulsiones, fuertes espiraciones e incluso una erección de su sexo, poco a poco la noble bestia iba dejando un sinsabor amargo y conmoción ante el espectáculo de más de doscientas personas que miraban sorprendidas todo lo acontecido.

De esta manera algunas personas solucionan problemas, violando la integridad vital de un ser animal, que cuando los necesitamos damos hipócritamente lo mejor con tal que respondan a nuestro ego, un defecto de todo ser humano, el solo ganar y no saber perder.











Texto y Fotografía: Raúl Egúsquiza Turriate ©